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Querida Ekaterina

abril 30, 2010

3 de Noviembre, 1942

Querida Ekaterina:

Gracias por tu carta, querida. No hay nada mejor en estos duros días que recibir cartas tuyas y de mamá. Me alegro de que estéis todos bien y de que el pequeño Kolia esté esforzándose tanto en sacar el curso adelante. Dadle un fuerte abrazo de mi parte y decidle que siga así, con esfuerzo e ilusión podrá seguir los pasos de papá y se convertirá en un gran médico.

Hoy hablé con mi hermano Dima. Está al sur del frente, a solo unos cuantos cientos de metros de mí. El hijo de Serguei, el panadero de la esquina, sigue con él. (¿Te acuerdas de aquellos deliciosos Prianikis de miel?). La verdad es que es bastante agradable poder charlar con él un rato cada tres o cuatro días. Aún guarda en su sucio petate de la carta de mamá diciéndole que papá había muerto. Haciendo las veces de hermano mayor, he intentado consolarle. Pero aún todo es muy reciente… ni siquiera pudimos despedirnos de él. Y todo ello, añadido al infierno que estamos viviendo aquí… nos hace estar al límite.

Las cosas están muy mal por aquí, Katia. El otro día escuché al Capitán Solovióv hablar con el Coronel. Los alemanes quieren intensificar los ataques sobre la ciudad, y no estamos preparados.  Bastantes palos nos están dando ya. Hitler nos ha traído como regalo el 4º ejército Panzer con Hoth al mando. Y escuché también algo del 6º Ejército con un tal Von Paulus al mando. Están encima. Y todos los días tenemos algún tiroteo, algún pequeño combate. Algún camarada muerto. Luchamos por cada calle, por cada casa que, en algún momento, fue un hogar ruso. Pero vivimos en el pasado. Ya no hay calles, ni casas, ni hogares rusos. Los más afortunados consiguieron escapar y huir. Otros, aún en lo que algún día fueron sus hogares, resisten como pueden. Los demás están muertos.

El olor comienza a ser insoportable. Por las noches, refugiados donde podemos, no paramos de escuchar los silbidos de las bombas caer. Pum, Pum. Luego… silencio. Y después gritos. Gritos desgarradores, sollozos, lloriqueos. Gritos desalmados. Intentamos ayudar en todo lo que podemos. Pero nunca es suficiente. Nunca puedo hacer todo a tiempo. Nos supera.

Lo peor es que yo también contribuyo en esto. Yo también estoy participando en esta matanza. Nunca pensaría en evadir mi responsabilidad, nunca. No puedo ser indiferente en este infierno que me rodea. Todo arde a mi alrededor. Con nuestras vidas pagamos nuestras deudas.  Y en cuestiones de honor, no hay discusión. Algo mal habré hecho. No se el qué, pero con esto pagaré mis fallos, los errores cometidos a lo largo de toda mi vida. Lo vemos todos muy negro, Katia, muy negro. Pocos camaradas piensan en salir de aquí. Acatamos nuestro destino. Y más después de lo que hemos visto estas últimas semanas. No sabemos cuándo llegaremos a casa, y lo peor es que ya nos da igual. Mis camaradas y yo solo queremos que esto se acabe.

No hay forma de salir de aquí. Ni Shagu Nazad. Ni un paso atrás. Lo que otros intentan promover como una motivación, como un empujón para la unidad del país en la guerra, para nosotros, la 62 del Ejército ruso, es casi una sentencia de muerte. Apenas podemos avanzar. Tenemos la artillería alemana un poco más allá. Pero por órdenes de Stalin, tampoco podemos retroceder. Si se nos ocurre huir, se nos ajusticia, con un clásico y tiro frío en la frente. Uno menos. Total, ya han caído muchos. Y muchos más caeremos en los próximo días.

Y como antes te decía, yo también tengo mi parte de culpa en todo esto. Ayer maté a otro hombre. O matas, o te matan. Es simple, todo se reduce a un instinto básico y animal. Pero maté a un hombre. Y no puedo quitarme la escena de la cabeza. Un par de tanques se asomaron a nuestras posiciones, aún no sé con qué fin. Entre Isaac y yo conseguimos atizarle un par de morteros a uno de ellos, pillándoles desprevenidos. Y el resto se ocupó del otro. Serían nuevos, casi era una misión suicida. Los alemanes saben que estamos aquí esperándoles, no se qué se les estaría pasando por la cabeza.

Al acercarme al panzer, pude fijarme en uno de los cuerpos. Colgaba boca abajo, sin un brazo ni una pierna, y sangraba aún monstruosamente; era realmente asqueroso. Tenía la cara totalmente destrozada y varias quemaduras a lo largo del cuerpo. Pude fijarme que aún movía la mandíbula, como queriendo gritar sin poder. Aún estaba vivo.

Y le pegué un tiro en la cabeza.

Dime, Katia,  ¿En qué clase de personas nos han convertido? ¿Qué hubiese dicho papá de todo esto? Mi vida es una terrible contradicción, una monstruosidad psicológica. Es como si todo lo avanzado en tantos años se hubiese ido al garete. Como si ya no existiese la civilización, como si todo se redujese a un instinto básico y animal. Matar o morir.

Cada día de batalla, cada día que pasa, nuestros cuerpos, nuestras mentes y nuestras almas están más y más cansadas. Nuestros espíritus amanecen cada alba con menos y menos fuerza. Cada noticia que nos da Solovióv del avance alemán hacia el Caúcaso nos hunde. De cuando en cuando, nos cuenta acerca de la resistencia de algún pueblo que aguanta estoicamente el avance alemán. Y eso es lo que nos alienta y nos da fuerzas para seguir aquí, al pie del cañón. Para aguantar aquí, viendo compañeros morir cuando ya no entendemos esta guerra. El avance alemán en este frente es lento, muy lento. Su Blietzkrieg es totalmente inútil. Pero intentamos resistir. Ellos son más, muchos más. Pero esta no es su tierra. No luchan por sus hogares, si no por pura ambición. Y nosotros somos mejores. Y aunque estamos más cansados que ellos, por cada camarada nuestro, diez nazis arden en el infierno.

Sólo nos queda pensar que probablemente ellos estén como nosotros. Que cada día, estén mas desmoralizados. Que vayan sintiendo el cansancio de las semanas de combate. Y que cada vez tengan menos ganas de luchar.

Cada día mueren más amigos y camaradas míos. Y esto a la vez me hunde y me hace estar más determinado a combatir y querer luchar. Por su memoria. Por pura venganza quizás. Todos los días me pregunto el por qué de esta guerra. El por qué de cualquier guerra. Ninguno de mis camaradas, ni mi capitán, han sabido darme una explicación. Y lo único que queremos es que esto acabe de una maldita vez. Muchos caeremos en los próximos días. Y sólo Dios, ese Dios que Stalin niega, si es que existe, sabe cuál es mi destino. Si morir acribillado por una MG08, destrozado por un tanque de la Panzerarmee, o quizás vivir feliz a tu lado.

Has sido mi mejor amiga, Katia. Si, leíste bien… no están las cosas para muchas bromas. Esta carta tardará en llegarte dos semanas. Dos malditas semanas. Para entonces, ya habrás leído en los periódicos lo que nos están haciendo aquí. Y lo que tenemos entre manos. Y sólo Dios, si es que existe, sabrá donde estaré. Porque yo no creo que esté. He buscado a Dios en cada cráter de obús, en cada casa destruida, en cada cuerpo calcinado, en cada esquina. En mis camaradas cuando estamos en la trinchera y en el cielo. Dios no se ha mostrado cuando nuestros corazones le gritaban y pedían ayuda. Las casas fueron destruidas, los hogares de miles y miles de personas, destrozados. Los recuerdos, hechos añicos. Y todos mis camaradas fueron tan valientes o cobardes como yo. Gólubev perdió; la cabeza… la ira y el asesinato pueblan estas calles. Anoche, bombas y fuego caían del cielo. Y Dios no estaba allí. Quizás Stalin tenga razón al final. No, Dios no existe. Y si existe, si después de todo hubiera un Dios, estará con esos de negro, o a saber dónde, con sus himnos y consejos, con sus oraciones. Ya te digo yo, que aquí, entre los gritos de mutilados y hombres moribundos, no está.

No sé si saldré de esta. Perdóname si no lo hago. Aún tienes veintisiete años, y una vida por delante. Deja pasar unos meses, y escoge a otro hombre. Pero hazlo con cuidado. Escoge uno con mirada sincera y un buen apretón de manos, como te ha dicho siempre tu padre, y como fue en mi caso. Sigue su consejo, es un hombre sabio.

Pórtate bien, cuida a mi madre al pequeño Kolia y cuídate tú. Intentaré estar pronto con vosotros.

Te quiero. Siempre tuyo,

Alexandr Voroviob

 

(Segundo Premio “Certamen Prosa Barberán y Collar” 2010)

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