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Dulces recuerdos

julio 30, 2011

 

¿Por qué volvéis a esta memoria mía,
dulces recuerdos de amores perdidos,
con el ímpetu de sazonar mi corazón herido,
con el fin de avivar mis inacabables agonías?
¡No volváis más a mí!¡Os lo prohibo!
¡Dulces nostalgias que en mi alma convergen,
saladas memorias que a invadirme se atreven…!
Sois recuerdos sin ningún sentido…
¡Vergüenza me da y me daría!
¿Acaso carecéis de pudor, nudos dolorosos,
vosotros, que evocáis momentos angustiosos,
consecuentes de sus fechorías?

¿Dónde se escondieron aquellas horas,
enredadas en coloridos y alegres lazos,
ahora rotos en mil y un pedazos,
que rezumaban risas sonoras?
¡Ay de mí, amada mía!
¿Dónde está ella, que me rehuye,
mientras por mis venas el dolor fluye,
sintiendo como mi espíritu se enfría?

¡Oh querida!¡Oh lágrimas mías!
¿Dónde andaréis, que ya no os siento en el desliz de mis males,
y ya no calmáis mis más amargos pesares,
como acostumbrabais a hacer en mis peores días?
¿Por qué todos ahora me habéis abandonado, todos,
todos, hasta mi eterno manantial de llanto,
cuyos desahogos poseían incluso cierto encanto,
y que emanaban de mi corazón malparado?

Y dime, ¿Qué fue de ti, amada mía,
y de nuestro amor, lleno de pureza,
blanco como tu luna y tu belleza,
dime, dónde está esa fantasía?
¿Acaso cayó despeñado al vacío,
o subió henchido al cielo,
luciendo con fulgor su negro velo,
después de ser arrojado al cristalino río?
¿O acaso en la marisma quedó atrapado,
entre oloroso fango y verde vegetación detenida,
o en la habitación de las esperanzas sin salida,
acaso el dolor no ha triunfado?
¡Oh, querida enemiga mía!
¿Por qué las ilusiones de luto se revistieron,
y las esperanzas de nuestro amor desvanecieron,
dejándome a solas con tus memorias en este oscuro día?

Ya no veo los escaldados ojos de tu llanto
solo nos queda la mezquina suciedad de una memoria,
eco débil de un primer amor verdadero y su euforia,
única fuga en la cárcel del quebranto.
¡Ay, quien pudiera naufragar en el túnel del tiempo,
y recogerte en un interminable gemido,
en la bodega de nuestro velero hundido,
después de la tormenta del tormento!

¡Tan joven yo, y tan desdichado!
¿Por qué sólo me quedan los despojos
de aquellos recuerdos débiles de tus ojos,
que ahora me acechan sin haberme abandonado?

¿Por qué sólo me quedáis vosotros, llenos de amargura,
y vuestra nostalgia acompañada de mi muerte,
con el fin de disipar el dolor y recogerte,
del teatro del amor y sin ventura?
¿Por qué sólo me quedáis vosotros, mi dolor oculto,
y no el tangible de aquel amor perdido,
solo recuerdos del corazón malherido,
mientras es a mi propia pena a quien insulto?

¿Por qué no me abandonas tú también, recuerdo impío,
que desafiante a mí te acercas y escupes lodo inmundo,
intentando detener mi avance en un pozo profundo,
mientras del fango me libran las aguas del otro cristalino río?

Ya los años pasaron,
cuando las horas fugazmente pasaban,
cuando los minutos con segundos se contaban,
¿Por qué aquellos tiempos felices se acabaron?
¿Por qué aquellos momentos de la lluvia se resguardaron,
mientras mi amor por llegar a tu alma se afanaba,
y la orilla del río que cruzaba de violetas se adornaba,
cuando las rosas de las espinas se marchitaron?
En mi peculiar lance de titanes juraré amor eterno,
de tus ojos seguirá brotando de mi amor la fuente,
de tus lágrimas la fuerza con que me arrastra tu corriente
y piadosamente me conduce a las puertas del infierno.

¿Quién, ¡Oh enemiga mía!,
agostó y marchitó la flor de tu hermosura.
ahora que por mis venas recorre el fruto de la amargura,
y me llenó de la mentira de la alegría?
¿Por qué me has aún de llenar de embriaguez,
aún cuando me retuerzo entre torbellinos dolorosos,
y me debato entre suspiros angustiosos
cuando recuerdo de tu cuerpo lejano aquella calidez?

¡Qué gran desventura,
el aún poder ver a través de un tul tu imagen temerosa,
poder recordarte en desgracia lastimosa,
evocar en mente tu esbelta figura!
¿Por qué tu persona no pongo finalmente en olvido,
si es por ella por la que me ronda la muerte,
de mis obstáculos en vida mi rival más fuerte,
y ni aún con ella mi amor cae rendido?

¡Ay Dios!¿Por qué es ella la que aún mi fiera doma,
y al verla en sueños me causa semejante quimera,
haciéndome maldecir a todo aquel que abrazarla pudiera?
¿Por qué es ella la que mis riendas toma?
¡Contestad, os lo ruego, a mi suerte desdichada,
declaradme la dulce causa de este espanto,
allanadme el camino de mi llanto!
¿Por qué me amenaza ella con su espada?

¡Responded, os lo ruego, Dios divino!
¿Por qué sólo resta este cobarde miedo,
y la nada me confunde, cuando sólo me quedo,
en este claroscuro mundo cristalino?

(Primer Premio “Certamen de Poesía Barberán y Collar, 2010”)


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Oda a la curiosidad

julio 19, 2011

Y es que escuchamos cada día la misma cantinela
de jóvenes corazones cubiertos en hastío,
precoces ancianos ya enfermos de vacío,
incapaces de preguntarse el porqué de que les duela.

Y yo, Verdad, a la Curiosidad imploro,
e invoco a Hefesto, le motivo en sus desvelos,
con Afrodita le recuerdo sus anhelos.
Bajo su orden, con bronce las cajas elaboro.

¿No recuerdas, cuando preso entre dos mundos,
te cercó la oscuridad como una muerte,
con la empresa del dolor, y sin ninguna suerte,
descendiste a los infiernos más profundos?

Concédeles, si acaso, un respiro en su Cruzada,
de encontrar un sentido a cualquier inútil quimera,
sin que resuene más que una pregunta en su mirada.

Y es que así, entre duelos a muerte, el alma desespera,
se parapeta en la trinchera de la mente, aún intacta
el asedio comienza, y en ella impacta,
la fuerza de un grito y una pregunta verdadera.

Guerrero soy, y alborotar quisiera
el sosiego más tranquilo de una mente,
que el pensamiento más mundano sea aliciente
para convertir la propia lengua en guerrillera.

Concédeles, si acaso, respiros que no expiren,
una luz en el esplendor de una barrera,
y aunque así me mirasen, que me miren.

(Segundo Premio “Certamen de Poesía Barberán y Collar” 2011)

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Querida Princesa

febrero 21, 2011

Dedicado a todas vosotras.  Se nota que lo escribí en otra época. Porque no sabéis cuánto rencor os guardo… no lo sabéis.

Querida Princesa:

En primer lugar, disculpe su señora la tardanza de este escrito, pues vastas tierras mis hombres han recorrido con el fin de llevarla a sus manos… he hecho todo lo que en mi humilde poder de vasallo me es posible para poder llevarla con presteza a sus preciosas manos, pero la imposibilidad de cruzar tan peligrosas y pobladas tierras en tan poco tiempo han hecho de mi deseo cenizas.

Me resulta imposible dormir. Mi continuo intento de cerrar los ojos topa con la imagen de sus bellas facciones, suaves , sutiles, frágiles… la dulzura de su voz suena a lo lejos, como en un eco milagroso e inmaculado… su aroma se deja arrastrar, siempre juguetón, entre los resoplidos del dios Céfiro…¿ Qué me ocurre? ¿Por qué cada vez que suena su nombre mi alma intenta escaparse, topando con la cadena de tu imposible? Me llaman iluso… iluso por soñar con su persona, escapando de la realidad e imaginando que un día, un atardecer, tal vez podría ser yo el dueño de su persona, de su ser… por tener el deseo de disfrutar de su mano, agarrándosela y jugando con ella al son de la música celestial, dejando que nuestros dedos se entrelacen, parando el reloj de arena de Zeus, despertando la envidia de Apolo.

Esa tarde… rumores corren por palacio que mi vitalidad ya no es la misma, que ya no me ocupo de los asuntos de estado con igual presteza, que las canciones que acostumbro a tocar en mi viejo piano ya no son tan alegres como antes lo eran. Que mis paseos a caballo no son tan abundantes como antaño, que mis largas jornadas de caza han disminuido en numero. Y yo, testigo de todo aquello que su señora despierta en mi… me callo y me sonrío, ajeno a todos los rumores que de mi pueda estar cargado el aire de Palacio, respirando el aire de mi propia atmósfera embriagadora, esperando mi momento preferido del día… aquel en el que me puedo sumergir completamente en mis pensamientos y, como si de magia o de arte de brujería se tratara, estos se convierten en realidad, aunque solo sea por unos momentos… dándome ese elixir con tu toque personal que tan necesario para mi es en estos días…

Señora, si me pudiese regalar su compañía aunque solo fuese por unas horas…

 


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Querida Amada

febrero 15, 2011

Ya sabéis todos, conocidos, de mi amor por el género epistolar. Una vez más, me gustaría enseñaros una de mis creaciones. Espero que la disfrutéis.

18 de julio 1842

Querida amada:

Aquí, sentido en el puño y corazón en la mano, me encuentro en el camarote que me volverá a traer la tristeza que intenté abandonar aquí hace ya bastante tiempo. Aún a veinte millas del puerto de Cádiz, las primeras luces del alba irrumpen en mi mundo y, si miro por mi pequeña ventana, puedo divisar ya, a lo lejos, cómo las Nereidas terminan de jactarse de su belleza por esta noche, creyendo que son las más bellas realmente, cuando Andrómeda es la que de verdad la que domina el firmamento. La angustia, los nervios y la incertidumbre por el devenir me han permitido disfrutar de escasos duermevelas estos días. Ojalá ahora, en este preciso momento, mientras me encuentro pintando de negro cuartillas en blanco con pensamientos inútiles hacia ti, dejasen de penetrar los rayos de luz por la minúscula ventana y pudiese evitar el encuentro con mi destino, tu reencuentro.

Nada menos que diecisiete años han pasado, diecisiete, desde que te dejé atrás y hube de partir, no sin antes haberte dejado y regalado mis lágrimas. Sí, diecinueve años desde que me arrancaron el alma y, ahora, cuando tengo la posibilidad de recuperarla, ¡cuánto quisiera volver a atrás y abandonarla! El destino, sin embargo, con sus garras me acecha, y no me abandona, y yo corro, y sigo corriendo, pero se comporta como mi sombra; si lo persigo, me huye, y si le re rehuyo, me persigue.

Rondaba el año 1823. Sí, lo recuerdo bien… qué penoso el día aquel en el que los Cien Mil Hijos de San Luis finalmente entraron en Cádiz arrasando todo cuanto encontraron a su paso. Mataron, asesinaron, robaron y violaron… torrentes de sangre fluían por las calles gaditanas mientras Fernando seguramente se estaba burlando de todos nosotros, los inocentes que sólo queremos una España mejor. El liberalismo pero, ante todo, el pueblo español, volvía a perder, y todos los esfuerzos del Coronel Riego se convertían en simples anécdotas que los colegiales tendrán que estudiar dentro de algunos años. ¿Por esto casi me desangro y puse mi vida pendiendo de un hilo? ¿ Por esto luché yo en la Guerra de la Independencia? ¿Para que entonces volviese Fernando, con su carita de nene bueno y echase por tierra todas las reformas que tantos deseábamos y por las que habíamos luchado y sudado mares? Sólo quedaba resignarnos a la triste y cruel realidad, y aceptar que el dichoso absolutismo había vuelto a derrocar a la voluntad popular, al pueblo, a las gentes. Otra vez el rey había pisoteado al pueblo y, con ello, volvió a destrozar centenares de vidas; había roto a familias, robado almas y escupido en los espíritus de aquellos que dieron su vida por su patria. Yo, por ser simpatizante al sistema, por tu culpa me vi obligado a abandonarte a ti y a mi Cádiz natal, mi Cádiz querido, y con él mi vida: mi familia, mi pobre madre incluida, que envuelta en lágrimas vino a despedirme al puerto, pidiéndome que por favor no me olvidase de ella; mis amigos, mis cosas, pero también dejé mis libros, que tanto conocimiento del mundo me habían dado, y mis discusiones filosófico- literarias los sábados por la tarde… ¡aún soy capaz de arrancarme a mí mismo una sonrisa cuando pienso la cara que puso Bohl de Faber cuando me atreví a discutirle que el teatro de Calderón no era tan bueno como a él le parecía! Y también cuando recuerdo la endiablada belleza de su hija Cecilia, que curiosa se asomaba detrás de la puerta del salón intentando aprender algo de nuestras conversaciones! “Escribir es cosa de hombres…” me solía repetir y yo me reía… ¡Ay! ¡Cuanto deje aquí! ¿Y cuánto de lo que dejé me estará esperando ahora? No son más de dos horas las que nos quedan para llegar a Cádiz y mi corazón parece querer estallar en mil pedazos. El solo pensar en cómo estará todo, después de tanto tiempo, levanta un suave pero placentero cosquilleo en mi interior y me hace querer morir, parar el tiempo con mis manos, cambiar el mundo con mis palabras.

Si ahora levanto la cabeza, y miro por esa ventana que cada vez me parece más grande, ya diviso a lo lejos mi tierra, contemplo a lo lejos sus suaves curvas, viendo como ya me espera con sus brazos abiertos, sonrisa en la boca y fulgurante en la mirada… de tu mano, la mano de su madre…. ¡traicionera España y maldita Andalucía! ¡Dichosa tú, que con tu belleza incitas que en tus tierras el viento del diablo sople y se paseen los males! ¿ Por qué permites que sobre ti llore Verónica y caigan sus males, impregnándose de maldad tus plantas y que en ti crezcan prados llenos de rosas blancas como la inocencia, pero llenas de puntiagudas espinas? ¿ Por qué lo permites, por qué? ¿ Por qué permites que te envenenen y marchiten la flor de tu pureza? Lo has pasado mal, lo sé, pero no comprendo por qué aún permites que te hagan cosas tan terribles… ¡Despierta de tu dulce letargo! A pesar de tu traición, España, aun te quiero. Pero, sin embargo, en tu castigo cada día me tenía que convencer a mí mismo que esas emociones que tú un día conseguiste despertar ahora no iban a quedarse dormidas, que mi amor por ti sólo estaba entristecido y atontado por la neblina de la nostalgia y el recuerdo, empapado con la memoria y el recuerdo.

Tenía que convencerme a mí mismo que sólo estaba bostezando. Yo, en mis sueños, te hablaba de nuestro reencuentro, y te susurraba que el binomio distancia y el tiempo que existía entre nosotros no importaba, que yo seguía unido a ti, en comunión con tu alma y espíritu imperial. Ibas y venías sin esfuerzo, arropada por la fuerza del viento y encomendada a la protección de Céfiro, a mi memoria, y te pasabas horas y horas entreteniéndome con tu dulce vaivén y dándome que pensar… ¡pero qué ingenuo fui al pensar que eras real, cuando solo eras una simple percepción, un vano fantasma de niebla y luz que acechaba mi fantasía y luego mi imaginación! Tu siempre tan juguetona… ajena a los sentimientos y al daño que haces inconscientemente, enredándote en la vida de la gente y enamorándolos, después deleitándolos con tu extraña belleza y resquicios de aquella época de esplendor que fue pero que ya no es. Ahora ya tus cabellos comienzan a estar cubiertos del color de la nieve… ya no eres lo que fuiste en épocas pasadas. Tu juventud se cansó de ti y te abandonó, pero la belleza sigue contigo… ya veo que Afrodita sigue siendo tu amiga. Ya alcanzaste el cenit de tu esplendor y ahora llega el bello ocaso, tu magnífica decadencia. Envejeces, no lo niegues, y comienzas a perder la vitalidad que poseías en tiempos pasados… eres más débil, y tu debilidad la intentas esconder detrás de manos rígidas para disimularla, como las de Fernando. ¿ Qué fue de aquellos tiempos cuando Carlos I majestuoso cabalgaba jactándose de lo preciosa que eras, golpeando los tambores de tus tierras? ¿ Y del afán de Felipe II en hacerte más y más regalos, siempre buscando tu felicidad? ¿ Por qué ya nuestros gloriosos cañones no resuenan en la distancia y sólo se escucha el atronador eco temporal de los barcos británicos disparando hacia nuestros navíos y destrozando maderos, para que después sus astillas se clavasen en el pecho de nuestros marineros? Navegando por esta agua, donde tantos desastres han ocurrido para ti, gloriosa patria, es inevitable recordar aquellas tragedias que, realmente a todos nos clavaron alguna astilla en el corazón… ¡Ay, Trafalgar, cuyo nombre está condenado al eterno llanto! ¡Ay, San Vicente, testigo tu gloriosa caída y decadencia!

Cada vez te veo más cerca y más bella, más concentrada en tu tarea de que me vuelva a enamorar de ti, de volver a soplar esa vela que, a punto de apagarse ya, con la ayuda de Belerofonte, que vuelve a montar a Pegaso, se reaviva y se vuelve más fuerte. Luché contra tí en América, y me alegro de ello, pero a la vez me apena. Ya no puedes mantener a tus hijos americanos, deja que izen las velas y partan déjalos, que ya son mayores… confía en ellos igual que ellos confían y confiaron en ti! Sus ansias de independencia ahora son demasiado fuertes y el protegerlos ya no puedo reportarte ningún bien. Déjalos navegar, igual que tu navegando los recogiste. Preocúpate de lo tuyo, que ya tienes bastante, y deja que ellos se preocupen de lo suyo… que Simón Bolívar, Miranda, San Martín y compañía finalmente consigan lo que quieren. El intentar mantener tus colonias en América no es más que una manera de seguir hundiéndote en la miseria, de caer más bajo aún, hasta encontrarnos en la puertas del infierno… Sí, no te rías ni te sorprendas al recoger estas lágrimas que ahora se deslizan por mi mejilla. Son mías, y no siento ningún pudor ni vergüenza en reconocerlo. No me importa, al fin y al cabo son culpa tuya. Quiero que te las lleves lejos, muy lejos, tan lejos como me llevaste a mí, y que con ella humedezcas los labios de otra persona que sedienta, como yo lo estaba, aún espera tus caricias, tus fuerzas, que le regales un poco de esperanza, para que no dejen de luchar por España, por ti, porque yo ya no puedo. Lo he intentado una y otra vez, pero hay algo que falla… por tu bien luché en América, por ti nadé en ríos de sangre y vi a compañeros morir ante mis ojos luchando en Bailén. Pero tú me lo agradeciste así, rechazándome, haciendo que me tuviese que exiliar en Francia e Inglaterra… ¡Dios quiera que me hayas perdonado, y que ahora que junto a ti vuelvo me acojas finalmente en tu seno y me dejes descansar en tu regazo hasta el final de mis días! ¡Acógeme en tus entrañas, ahora que hace poco todos recobramos la esperanza con el nacimiento de la dulce Isabel! ¡ Maria Cristina, haz de tu hija una gran mujer, capaz de enderezar el rumbo de este gran barco que ha perdido el norte y no sabe orientarse por las estrellas porque nadie le ha enseñado!

Ya nos quedan escasos quince minutos para llegara puerto, y parece que mi alma fuese a dejar mi cuerpo y huir de mi desencanto. Con un sabor agridulce el barco se adentra ya en la bahía y comienzo a recordar el día en el que tuve que salir de ella obligado… ¡Qué lejos quedaba ya aquello! Y el tiempo, sin duda, no había perdonado… ahora que ya podía divisar las casas blancas de cal a lo lejos. Echo de menos muchas cosas… ¿dónde estaban los niños que ansiosos esperaban las llegadas de los barcos para poder saludar a los viajeros? ¿ Nadie retiene aquello en la memoria o acaso ya tan pronto ha caído en el profundo pozo del olvido? Cierto que pensaba que todo habría cambiado, pero no tanto… la dura realidad me embiste como un toro de raza pura y no me queda más que resignarme a la realidad, la cruel realidad. Atrás, perdidos ya para siempre, en el libro del olvido han quedado escritos mis paseos por el puerto en busca de tranquilidad, las tardes que pasaba sentado en la butaca de mi abuelo leyendo un libro tras otro, mis noches de escritura debatiéndome entre sentimientos de amor hacia mi diosa de turno, o incluso las charlas con Bohl de Faber… ¡cuánto quisiera poder demostrar a ese insensato lo estúpido que resulta el teatro de Calderón y la verdadera belleza escondida entre las aventuras que narra Homero!

Sí, lo echo de menos… pero ahora todo ha cambiado ya, todo queda atrás, irrecuperables son aquellos momentos, y a la gente como yo sólo nos queda intentar retener en la memoria todos los recuerdos que aún conservamos y que no quiero perder por nada del mundo. Retenerlos, mimarlos y cuidarlos, acariciarlos de vez en cuando, desempolvarlos de la sutil capa de nostalgia que los envuelve, disfrutar de ellos como un juguete roto que acaba de ser arreglado, pero siempre intentando que ello no se convierta en obsesión. Vivir y soñar en la nostalgia supone arriesgarse a perder el futuro y que se nos escape el presente. Adaptarnos y amoldarnos es nuestra mayor virtud, y por ello en momentos como este he de resignarme a aceptar el presente y concienciarme de que el lago de mis ilusiones que tú mantenías se ha secado y el manantial de mis sueños no tiene más agua con la que alimentarme. El único camino posible ahora es soplar el polvo del idealismo que recubría el libro donde estaban escritas mis memorias por el paso de los años… sólo me queda mirarte, amada, y sonreír melancólicamente al rememorar tantas noches pasadas en los últimos años, por las que en mi cabeza había desfilado ese único pensamiento, tan presente como entonces irrealizable, pero ahora real, en el que deseaba poder acabar mis días descansando en tu seno y en el calor de tus brazos, amada mía; apoyando mi cabeza en tu regazo y ayudándote a sentirte querida y respetada.

No quiero sentirme extranjero en mi propia patria. Espero que seas capaz de perdonarme, España, y que a mi persona traigas dichas sin fin con solo el privilegio de estar cerca de ti.

Tuyo por siempre,

José Joaquín de Mora

NOTA DEL AUTOR Jose Joaquín de Mora fue un escritor romántico nacido en Cádiz, famoso sobre todo por la polémica sostenida con Nicolás Bohl de Faber, a propósito de la modernidad romántica de Calderón (la “querella calderoniana”). José Joaquín de Mora destacó por la defensa de la estética neoclásica, que por entonces se vinculaba al liberalismo, mientras que los defensores de Calderón, en teoría “románticos,” se afiliaba a la política absolutista monárquica. El tiempo y, sobre todo, el exilio español en Inglaterra y Francia durante la “ominosa década” (1820-1823) , disolvieron muchas dudas y confusiones: los románticos establecieron su sistema estético y político, con el llamado liberalismo revolucionario, en toda Europa, ayudado por los grandes poetas ingleses como Byron, Shelley o Kyats, además de los franceses Hugo y Lamartine. José Joaquín de Mora conoció el sistema romántico con su exilio inglés y fue ferviente admirador de Lord Byron y de Scott, y se recuerdan, además de sus poesías líricas, la colección de leyendas y sus incursiones periodísticas. Su mentalidad romántica también se refleja en el hecho de que luchó por la independencia de las colonias americanas. Su actitud ante la vida, sus circunstancias y su visión idealista del mundo hacen de él uno de los autores más representativos de las primeras épocas románticas y uno de los mayores propulsores de este movimiento en la península.

(Primer Premio “Vicente Cañada Blanch” 2005  y Primer Premio “Certamen de Prosa Barberán y Collar” 2008)


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Querida Ekaterina

abril 30, 2010

3 de Noviembre, 1942

Querida Ekaterina:

Gracias por tu carta, querida. No hay nada mejor en estos duros días que recibir cartas tuyas y de mamá. Me alegro de que estéis todos bien y de que el pequeño Kolia esté esforzándose tanto en sacar el curso adelante. Dadle un fuerte abrazo de mi parte y decidle que siga así, con esfuerzo e ilusión podrá seguir los pasos de papá y se convertirá en un gran médico.

Hoy hablé con mi hermano Dima. Está al sur del frente, a solo unos cuantos cientos de metros de mí. El hijo de Serguei, el panadero de la esquina, sigue con él. (¿Te acuerdas de aquellos deliciosos Prianikis de miel?). La verdad es que es bastante agradable poder charlar con él un rato cada tres o cuatro días. Aún guarda en su sucio petate de la carta de mamá diciéndole que papá había muerto. Haciendo las veces de hermano mayor, he intentado consolarle. Pero aún todo es muy reciente… ni siquiera pudimos despedirnos de él. Y todo ello, añadido al infierno que estamos viviendo aquí… nos hace estar al límite.

Las cosas están muy mal por aquí, Katia. El otro día escuché al Capitán Solovióv hablar con el Coronel. Los alemanes quieren intensificar los ataques sobre la ciudad, y no estamos preparados.  Bastantes palos nos están dando ya. Hitler nos ha traído como regalo el 4º ejército Panzer con Hoth al mando. Y escuché también algo del 6º Ejército con un tal Von Paulus al mando. Están encima. Y todos los días tenemos algún tiroteo, algún pequeño combate. Algún camarada muerto. Luchamos por cada calle, por cada casa que, en algún momento, fue un hogar ruso. Pero vivimos en el pasado. Ya no hay calles, ni casas, ni hogares rusos. Los más afortunados consiguieron escapar y huir. Otros, aún en lo que algún día fueron sus hogares, resisten como pueden. Los demás están muertos.

El olor comienza a ser insoportable. Por las noches, refugiados donde podemos, no paramos de escuchar los silbidos de las bombas caer. Pum, Pum. Luego… silencio. Y después gritos. Gritos desgarradores, sollozos, lloriqueos. Gritos desalmados. Intentamos ayudar en todo lo que podemos. Pero nunca es suficiente. Nunca puedo hacer todo a tiempo. Nos supera.

Lo peor es que yo también contribuyo en esto. Yo también estoy participando en esta matanza. Nunca pensaría en evadir mi responsabilidad, nunca. No puedo ser indiferente en este infierno que me rodea. Todo arde a mi alrededor. Con nuestras vidas pagamos nuestras deudas.  Y en cuestiones de honor, no hay discusión. Algo mal habré hecho. No se el qué, pero con esto pagaré mis fallos, los errores cometidos a lo largo de toda mi vida. Lo vemos todos muy negro, Katia, muy negro. Pocos camaradas piensan en salir de aquí. Acatamos nuestro destino. Y más después de lo que hemos visto estas últimas semanas. No sabemos cuándo llegaremos a casa, y lo peor es que ya nos da igual. Mis camaradas y yo solo queremos que esto se acabe.

No hay forma de salir de aquí. Ni Shagu Nazad. Ni un paso atrás. Lo que otros intentan promover como una motivación, como un empujón para la unidad del país en la guerra, para nosotros, la 62 del Ejército ruso, es casi una sentencia de muerte. Apenas podemos avanzar. Tenemos la artillería alemana un poco más allá. Pero por órdenes de Stalin, tampoco podemos retroceder. Si se nos ocurre huir, se nos ajusticia, con un clásico y tiro frío en la frente. Uno menos. Total, ya han caído muchos. Y muchos más caeremos en los próximo días.

Y como antes te decía, yo también tengo mi parte de culpa en todo esto. Ayer maté a otro hombre. O matas, o te matan. Es simple, todo se reduce a un instinto básico y animal. Pero maté a un hombre. Y no puedo quitarme la escena de la cabeza. Un par de tanques se asomaron a nuestras posiciones, aún no sé con qué fin. Entre Isaac y yo conseguimos atizarle un par de morteros a uno de ellos, pillándoles desprevenidos. Y el resto se ocupó del otro. Serían nuevos, casi era una misión suicida. Los alemanes saben que estamos aquí esperándoles, no se qué se les estaría pasando por la cabeza.

Al acercarme al panzer, pude fijarme en uno de los cuerpos. Colgaba boca abajo, sin un brazo ni una pierna, y sangraba aún monstruosamente; era realmente asqueroso. Tenía la cara totalmente destrozada y varias quemaduras a lo largo del cuerpo. Pude fijarme que aún movía la mandíbula, como queriendo gritar sin poder. Aún estaba vivo.

Y le pegué un tiro en la cabeza.

Dime, Katia,  ¿En qué clase de personas nos han convertido? ¿Qué hubiese dicho papá de todo esto? Mi vida es una terrible contradicción, una monstruosidad psicológica. Es como si todo lo avanzado en tantos años se hubiese ido al garete. Como si ya no existiese la civilización, como si todo se redujese a un instinto básico y animal. Matar o morir.

Cada día de batalla, cada día que pasa, nuestros cuerpos, nuestras mentes y nuestras almas están más y más cansadas. Nuestros espíritus amanecen cada alba con menos y menos fuerza. Cada noticia que nos da Solovióv del avance alemán hacia el Caúcaso nos hunde. De cuando en cuando, nos cuenta acerca de la resistencia de algún pueblo que aguanta estoicamente el avance alemán. Y eso es lo que nos alienta y nos da fuerzas para seguir aquí, al pie del cañón. Para aguantar aquí, viendo compañeros morir cuando ya no entendemos esta guerra. El avance alemán en este frente es lento, muy lento. Su Blietzkrieg es totalmente inútil. Pero intentamos resistir. Ellos son más, muchos más. Pero esta no es su tierra. No luchan por sus hogares, si no por pura ambición. Y nosotros somos mejores. Y aunque estamos más cansados que ellos, por cada camarada nuestro, diez nazis arden en el infierno.

Sólo nos queda pensar que probablemente ellos estén como nosotros. Que cada día, estén mas desmoralizados. Que vayan sintiendo el cansancio de las semanas de combate. Y que cada vez tengan menos ganas de luchar.

Cada día mueren más amigos y camaradas míos. Y esto a la vez me hunde y me hace estar más determinado a combatir y querer luchar. Por su memoria. Por pura venganza quizás. Todos los días me pregunto el por qué de esta guerra. El por qué de cualquier guerra. Ninguno de mis camaradas, ni mi capitán, han sabido darme una explicación. Y lo único que queremos es que esto acabe de una maldita vez. Muchos caeremos en los próximos días. Y sólo Dios, ese Dios que Stalin niega, si es que existe, sabe cuál es mi destino. Si morir acribillado por una MG08, destrozado por un tanque de la Panzerarmee, o quizás vivir feliz a tu lado.

Has sido mi mejor amiga, Katia. Si, leíste bien… no están las cosas para muchas bromas. Esta carta tardará en llegarte dos semanas. Dos malditas semanas. Para entonces, ya habrás leído en los periódicos lo que nos están haciendo aquí. Y lo que tenemos entre manos. Y sólo Dios, si es que existe, sabrá donde estaré. Porque yo no creo que esté. He buscado a Dios en cada cráter de obús, en cada casa destruida, en cada cuerpo calcinado, en cada esquina. En mis camaradas cuando estamos en la trinchera y en el cielo. Dios no se ha mostrado cuando nuestros corazones le gritaban y pedían ayuda. Las casas fueron destruidas, los hogares de miles y miles de personas, destrozados. Los recuerdos, hechos añicos. Y todos mis camaradas fueron tan valientes o cobardes como yo. Gólubev perdió; la cabeza… la ira y el asesinato pueblan estas calles. Anoche, bombas y fuego caían del cielo. Y Dios no estaba allí. Quizás Stalin tenga razón al final. No, Dios no existe. Y si existe, si después de todo hubiera un Dios, estará con esos de negro, o a saber dónde, con sus himnos y consejos, con sus oraciones. Ya te digo yo, que aquí, entre los gritos de mutilados y hombres moribundos, no está.

No sé si saldré de esta. Perdóname si no lo hago. Aún tienes veintisiete años, y una vida por delante. Deja pasar unos meses, y escoge a otro hombre. Pero hazlo con cuidado. Escoge uno con mirada sincera y un buen apretón de manos, como te ha dicho siempre tu padre, y como fue en mi caso. Sigue su consejo, es un hombre sabio.

Pórtate bien, cuida a mi madre al pequeño Kolia y cuídate tú. Intentaré estar pronto con vosotros.

Te quiero. Siempre tuyo,

Alexandr Voroviob

 

(Segundo Premio “Certamen Prosa Barberán y Collar” 2010)

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La caída de Pegaso

agosto 9, 2009

Yo soy aquel que ayer no más quería
soñar el cielo azul y escribir prosas profanas
bajo la suave brisa del aire frío de la mañana
sentir como el viento en mis entrañas se mecía.

Yo soy aquel que ayer no más pedía,
Sentirme lleno de Hylé, batir a las mujeres amazonas,
Descubrir el Arkhé, controlar las ledonas,
Soñar con demostrar al aguijón de Zeus su bastardía.

Yo soy aquel que ayer no más sentía
cómo el aire triunfal portaba mis liras eolias,
que a mi alma frescas llegaban con fragancias de negras magnolias,
y dábanme fuerzas para afrontar otro día.

Yo soy aquel que ayer no más podía,
Portar capciosas cartas a Licia, capturar a un corajudo Pegaso,
Luchar con colas de serpiente y formas de león hasta el ocaso,
Demostrarle a Iobates y Poliedes mi gallardía.

Yo soy aquel que ayer no más salía,
a oír notas de aquellos gloriosos, viejos y monótonos laúdes,
que connotan en mí las siete virtudes
y que a mis oídos bellísimos acordes traían.

Yo soy aquel que ayer no más leía,
en los soplos de Céfiro el arrepentimiento de Belerofonte.
Caóticos rebotan sus sollozos en el Olímpico somonte,
incapaces de tornarse en delicadas melodías.

Yo soy aquel que ayer no más creía
en la fuerza del omnipotente y huracanado viento,
para arrastrar los buenos y malos sentimientos
y soñar cómo su aire en mis labios se estremecía.

Yo soy aquel que ayer no más pensaba,
En la arrogancia del Olimpo, en Antea y su caída,
Obviando el remonte estelar equino y mi cárcel en vaída,
obviando el sueño del golpe divino de una aldaba

(Primer Premio “Certamen de Poesía Barberán y Collar” 2009)